El justo ejercicio del poder y autoridad del sacerdocio

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    Introducción: El poder ilimitado de los cielos

    El mar tiene límites. Los cielos no. Es sabio que sea así. El mar pertenece a la tierra. Los cielos son la morada de Dios. El poder de Dios es ilimitado. Regula todo lo existente. Dios no tiene límites, pero ha elegido limitarse a sí mismo. Esto es porque Dios no sólo es Todopoderoso. También es sabio. En su sabiduría, Dios ha elegido seguir un orden. Dios sabe que si el mar se desbordase sus hijos perecerían. Por eso mantiene los límites del mar. Dios no hace todo lo que puede todo el tiempo. Él es sabio. Él sigue sus propias reglas.

    Los límites de la autoridad y su relación con el poder del sacerdocio

    El poder de Dios se llama sacerdocio. El sacerdocio de Dios, pues, por ser su poder, es ilimitado. Pero la autoridad del sacerdocio debe limitarse por medio de las reglas que Dios ha dispuesto para este fin. De manera que quien posea el sacerdocio debe seguir el orden de Dios para poder representar a Dios. Es por este equilibrio que el hombre no recibe todo el poder de Dios en un solo momento, sino de manera gradual. El hombre puede avanzar en autoridad, recibiendo oficios. Pero es sólo a medida que sigue las reglas de esta autoridad, sometiéndose al orden de Dios, que puede avanzar en poder.

    La doctrina del sacerdocio y la dignidad personal

    La doctrina del sacerdocio es ese conocimiento que le permite conocer los límites y el orden que Dios ha dispuesto para la autoridad del sacerdocio. Parte de esta doctrina está escrita. Parte se recibe a través de la realización de ordenanzas. Parte debe ser conocida a través de revelación. La dignidad personal y el empeño que ponga el hombre en buscar y conocer a Dios a través del ejercicio de la fe son la llave de acceso a esta revelación.

    Por qué limitar la autoridad del sacerdocio

    Una cosa es tener la autoridad, a través del oficio que se posee, para imponer las manos sobre un enfermo y otra cosa es sanarlo. El hombre puede poseer la autoridad y no el poder. La autoridad del sacerdocio es algo que se debe regular y, como al mar, imponerle límites antes de que pueda obtenerse y ejercerse el poder. La autoridad incluye la facultad para mandar. Se manda sobre la enfermedad, se manda sobre el mar, se manda también sobre otros hombres. De acuerdo con el oficio que un hombre posea, puede recibir llamamientos, que son funciones acordes con la autoridad que se posee. Y esos llamamientos pueden involucrar el presidir y dirigir a otros. Los llamamientos son facultades más bien pequeñas y limitadas, pero a algunos la más escasa autoridad se les sube a la cabeza. A este ejercicio desproporcionado de la autoridad se le conoce como injusto dominio y nos expulsa de inmediato del favor de Dios.

    Cuando crecer puede ser decrecer

    Cuando un hombre ejerce injusto dominio pierde de manera inmediata el poder del sacerdocio que hubiera podido alcanzar si hubiera actuado de manera justa. Creyendo que hace crecer su autoridad, ha perdido su poder. Tarde o temprano él notará que está gastando demasiados esfuerzos en hacer valer su autoridad y que, aunque su autoridad se refuerza, su influencia se pierde. Es preciso entonces la adquisición de la doctrina del sacerdocio para restablecer el equilibrio. Los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo y no pueden ser gobernados ni manejados sino de acuerdo con los principios de rectitud. Algunos de estos principios de rectitud se reseñan en la sección 121 de Doctrina y Convenios.

    Cómo crecer en poder y autoridad del sacerdocio

    Entonces, en lugar de gastar esfuerzos e invertir recursos en reforzar la autoridad, conviene gastar esos esfuerzos e invertir recursos en el conocimiento de la doctrina del sacerdocio y en el ejercicio de los principios de rectitud que son, en realidad, atributos cristianos que nos acercan al carácter y naturaleza de Jesucristo. De esta manera, el poseedor del sacerdocio será reconocido en el ejercicio de su llamamiento y encontrará que obtiene “el poder de Dios para convencer a los hombres” y el poder para mandar sobre las enfermedades, sobre los conflictos, sobre los disturbios, sobre la vida misma. Y aún sobre el mar. El tener autoridad a través de un oficio en el sacerdocio o de una función dentro del mismo (un llamamiento) no es suficiente. El hombre puede conformarse con coleccionar oficios y llamamientos, pero esto no le garantiza conocer y comprender a Dios, que es en lo que consiste la vida eterna, porque la obtención de oficios y llamamientos no le garantiza la adquisición del poder de Dios y sin ese poder es imposible conocerlo o comprenderlo. Así que por muchos oficios y llamamientos que un hombre posea, se encuentra en peligro de perder la vida eterna. Es preciso que el hombre elimine los límites que supone el crecimiento “normal” dentro de la Iglesia, se sacuda el conformismo y busque el orden y consejo de Dios. Si alguna vez nos preguntamos por qué, dentro de nuestros variados llamamientos, ejercemos solamente una influencia limitada recordemos el consejo que el Salvador también dio a sus discípulos: Y entonces podremos alcanzar el mismo poder alcanzado no por el miembro “convencional” o “normal” de la Iglesia, sino por los verdaderos discípulos de Jesucristo en todos los tiempos, aquellos que siguen el modelo del Salvador incorporando en su naturaleza y carácter los principios de rectitud y todas las virtudes cristianas para ser más parecidos a él. Se necesita conocer esas virtudes, por medio de la adquisición de la doctrina del sacerdocio, adquirida tanto por el estudio como por revelación personal y directa a nuestro espíritu: Y una vez que entendamos los límites del mar podremos comprender y apreciar la magnitud del poder ilimitado de los cielos. Y podremos adquirir ese poder.

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