Quién fue y quién no fue María Magdalena

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    Introducción: La verdad sobre María Magdalena

    Originalmente, había conformado una serie de tres artículos sobre María Magdalena que ahora estoy consolidando en uno sólo en tres partes. Esta decisión se debe a mi descubrimiento de que muchos lectores, en Internet, consultaban sólamente alguna de las partes, al azar, sin el aprovechamiento completo de toda la serie y con la pérdida de información consiguiente. De manera que, para el beneficio de los lectores, ahora hago una consolidación bajo el siguiente esquema:
    • En la primera parte se muestra cómo fue que el personaje real de María Magdalena se convirtió en un mito, y cómo es que se puede separar la verdad de la leyenda resultante.
    • En la segunda parte se separa la identidad de María Magdalena de la identidad de otras mujeres con las que indebidamente se le confunde, explicando también cómo fue que se originó este error.
    • En la tercera parte se establece lo que sabemos con completa certidumbre sobre María Magdalena: cómo era su vida, qué clase de persona era ella y en qué consiste, de manera precisa, su bendición e inmenso privilegio.
    Es mi esperanza que el lector pueda ahora disfrutar del texto completo. Abierto a la mejoría, agradeceré sinceramente su retroalimentación y comentarios, los cuales pueden hacerme llegar al calce de este artículo. — Juan Pablo Marichal Catalán (JPMarichal)

    Primera parte: El mito de María Magdalena

    La realidad y la leyenda

    Alrededor del personaje bíblico de María Magdalena se han tejido muchas leyendas. Aunque el personaje se encuentra en la Biblia, lo que se cree de él es generalmente distinto a lo que la Biblia enseña sobre ella.
    • En la cultura popular se considera erróneamente a María Magdalena como una mujer pecadora, adúltera, a quien Jesús perdonó terribles pecados antes de unirse a sus discípulos.
    • Películas, musicales y bestsellers recientes han servido para difundir también variantes de otra idea, la de que María Magdalena era la pareja sentimental de Jesús.
    • En algunos libros apócrifos se le asigna un papel directivo en la Iglesia, y en algunas corrientes se le ha otorgado incluso mayor importancia que a Jesús mismo.
    La cultura popular, que es lo que continuamente escuchamos y leemos sobre ella en artículos, canciones y en dichos y sentencias populares, oscila entre reforzar, de manera velada o abierta, una u otra de estas ideas mencionadas. O todas ellas. Pero, ¿hasta qué punto son estas creencias acertadas? ¿Cuáles son sus fundamentos? ¿Quién era realmente María Magdalena de acuerdo con la Biblia? El propósito de este biblicomentario en tres partes es proporcionarte algunas referencias útiles y darte elementos para ampliar tu conocimiento sobre este importante personaje, desde el punto bíblico e histórico. Partamos de algo que es tan básico que todos estamos de acuerdo: se llamaba María.

    Distinguiendo a María Magdalena

    Dado que los judíos no usaban apellidos se veían forzados a emplear algunas referencias para ayudar a distinguirse, sobre todo cuando el nombre resultaba ser demasiado común. Lo que hacían era referirse al padre (como cuando a Pedro se le llama Simón, hijo de Jonás), o bien a la ciudad de origen (como Jesús, cuando es llamado Jesús de Nazaret). Este es el caso de María Magdalena. Los evangelios ponen mucho cuidado en llamarle siempre “María Magdalena”, para distinguirle de las otras “Marías” del Nuevo Testamento (y es que hay varias: la madre de Jesús, la hermana de Marta y Lázaro, la mujer de Cleofas, la madre de Jacobo, la madre de Juan Marcos, etc.). De hecho, el nombre de “María” era tan popular que, con base en los nombres encontrados en tumbas, se calcula que aproximadamente el 40% de las mujeres de la época llevaban ese nombre. De manera que era una buena idea hacer algo para distinguirlas. Metidos en estilos, a mí me gusta pensar en la hermana de Marta y Lázaro como “María de Betania”. Y debemos suponer que el apelativo de María Magdalena usado por los evangelistas se refería a una ciudad cercana a Capernaúm llamada Magdala.

    La ciudad de Magdala

    La ciudad de Magdala, que contaba con el nombre equivalente en griego “Tarichae”, es descrita brevemente por Flavio Josefo en Guerras de los judíos, libro 3, capítulo 10, párrafo 1. En esta descripción Josefo le ubica junto al Lago Tiberias (Mar de Galilea). Dice Josefo (hablando de sí mismo en tercera persona), “La cudad está situada de manera similar a Tiberias, en la parte baja de una montaña; y en aquellos lados que no son bañados por el mar ha sido fuertemente fortificada por Josefo, aunque no con tanta solidez como Tiberias” (“Guerras de los Judíos”, por Flavio Josefo, traducción libre por Juan Pablo Marichal). Algunos creen que esta ciudad era la misma que la Dalmanuta que se menciona en Marcos 8:10. El nombre de la ciudad, Magdala, significa “torre”. Hace algunos años que el nivel del agua bajó durante una sequía, poniendo a descubierto los cimientos de una torre, probablemente un faro, que puede ser la que dio origen al nombre de esta ciudad. Más información: El significado de Magdala, hogar de María Magdalena

    Cómo es que el personaje real se transformó en un mito

    Cuando uno intenta hablar de María Magdalena con otra persona la reacción general es “ah, sí, la pecadora”. O bien (que es todavía peor por lo que implica) guardan pudorosa discreción. Es que existe todo un mito sobre María Magdalena. ¿Y cómo se formó ese mito? Parte de la respuesta ha sido proporcionada de manera admirable por los varios autores del libro “Lo que Da Vinci no sabía” (que es un libro interesante, por ser una respuesta SUD al “Código Da Vinci”). Este libro, compuesto por varios eruditos SUD, contiene el siguiente párrafo, que a mí me parece importante:

    Las leyendas se convirtieron en tradiciones

    Thomas A. Wayment
    Erudito SUD

    “Es sumamente improbable que Lucas haya podido siquiera imaginar el tipo de leyendas e historias que se convertirían en parte de las tradiciones apócrifas de los primeros cristianos de la Iglesia, tradiciones que con el tiempo dieron paso a fomentar adornos que se solidificaron durante el cristianismo medieval y que con el tiempo fueron reinterpretados como parte de una tendencia moderna para destacar lo sensacional y cuestionar a los mismos evangelios.”

    Este párrafo, escrito, según me parece, en un estilo sumamente comprensivo, proporciona mucha información. Leyéndolo ya con lentes especiales informa:
    • Que entre los primeros cristianos de la Iglesia se desarrollaron “tradiciones apócrifas” (en este contexto léase “apóstatas”) en torno a María Magdalena. Esto se dio después del establecimiento de la Iglesia, como parte de varias corrientes apóstatas de los primeros siglos.
    • Que estas tradiciones fueron acumulando “adornos” hasta la Edad Media, cuando se le dio a esta “bola de nieve” un carácter ya netamente legendario.
    • Que en nuestra época esta leyenda se ha retomado con la tendencia de “destacar lo sensacional” y de “cuestionar a los evangelios” (lo sensacional, por supuesto, genera ventas).
    A lo último yo agregaría que también se ha dado, durante el desarrollo de esta “bola de nieve”, el lamentable propósito de denigrar a la mujer. Las leyendas sobre María Magdalena se han usado para rebajar el valor de la mujer, tal vez más que las de ningún otro personaje. Y es una lástima, considerando quién en realidad era.

    Segunda parte: Quién no fue María Magdalena

    Mujeres con las que se confunde a María Magdalena

    A mi entender, son tres las mujeres de la Biblia con las cuales se confunde a María Magdalena. Estas son:
    • la mujer adúltera,
    • la mujer pecadora en casa de Simón el fariseo y
    • María de Betania.
    Veamos cada uno de estos casos por separado.

    María Magdalena no era la mujer adúltera

    Lo que realmente sucedió con la mujer adúltera

    El relato de la mujer adúltera se encuentra únicamente en Juan 8:1-11. Después de soportar la burla de sus propios hermanos (ver Juan 7:1-10) Jesús había viajado desde Galilea a Jerusalén. En este viaje (la primera Pascua mencionada por Juan) tuvo ya la osadía de enseñar en el templo (Juan 7:14), aunque con gran riesgo de su vida. Al segundo día volvió al templo y, mientras se hallaba en enseñanza, le llevaron una mujer sorprendida en adulterio. La ley de Moisés indicaba que ella era reo de muerte. Para provocarle, le ofrecieron a Jesús el juicio. Si él decía algo contrario a la ley, el reo de muerte sería él. Pero Jesús les sorprendió con una corta e impactante respuesta, tan completa y tan poderosa en sus efectos que los acusadores se dispersaron y logró salvar la vida de ella. Jesús no la perdonó, como usualmente se cree, sino que la alentó a arrepentirse, con la frase “Ve y no peques más”. Jesucristo le dio una segunda oportunidad y la invitó a reconciliarse con Dios a través de un arrepentimiento completo.

    ¿Era María Magdalena la mujer adúltera?

    Este relato es sumamente bello e instructivo, lleno de pequeñas enseñanzas y digno de ser repasado una y otra y otra vez. Sin embargo este no es un relato sobre María Magdalena. Este relato, el de Juan 8:1-11, es el único que tenemos sobre la mujer adúltera, por lo que toda la información que podríamos tener está en ese pasaje. No se menciona en él el nombre de la mujer, sus antecedentes o cosa alguna sobre lo que hizo después de salvar su vida. No hay nada entonces que nos permita conocer la identidad de esta mujer y, como veremos un poco más adelante, tiene, de hecho, grandes diferencias con el carácter y la personalidad de María Magdalena. En síntesis, y me voy a permitir ponerlo en negritas, María Magdalena no era la mujer adúltera.

    María Magdalena no era la mujer en casa de Simón el fariseo

    A veces los fariseos procuraban ganarse a Jesús por el lado de la diplomacia. Un fariseo llamado Simón invitó a Jesucristo a comer en su casa. Estas casas eran grandes, los fariseos eran influyentes y pudientes y una invitación a comer en casa de un fariseo era invitar a un festín (un detalle curioso es que los invitados se reclinaban, más bien que sentarse). A veces se agregaban a este festín personas de la calle, que podían entrar con cierta libertad. Una mujer fue a este lugar y, trayendo un frasco de perfume, se colocó detrás de Jesús (porque él estaba reclinado, como todos) y “llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con los cabellos de su cabeza, y besaba sus pies y los ungía con el perfume” (Nuevo Testamento | Lucas 7:38). Jesús aprovechó la reacción interior despectiva del fariseo, que sabía que se trataba de una mujer pecadora, para dar una brillante lección sobre el arrepentimiento, las buenas costumbres y la tolerancia. El relato completo está en Lucas 7:36-50 (tenía que ser en Lucas, que es el evangelista de los pasajes más conmovedores sobre perdón y tolerancia) y es en verdad una obra maestra de la enseñanza. Sin embargo, en cuanto al tema que nos compete, no hay tampoco manera de relacionar a esta mujer de Capernaúm (ver Lucas 7:1) con María de Magdala. Nuevamente, no se menciona el nombre, antecedentes o vida posterior de la mujer en cuestión, así que habrá que remitirnos a la información que se nos proporciona en este pasaje, sin hacerle agregados. En síntesis, otra vez en negritas, no hay forma de identificar a la “mujer arrepentida” y esta mujer no era María Magdalena.

    María Magdalena no era María de Betania

    Por último, habría que mencionar a María de Betania. Jesús entró triunfalmente a Jerusalén, montado en un asno blanco, un domingo. El día anterior a ese domingo (o, a lo sumo, el jueves anterior) se encontraba todavía en Betania, una aldea cercana, descansando un poco y preparándose, sabiendo que pronto moriría, en tanto que sus discípulos esperaban que fuese coronado y reinase sobre Israel desde ese momento. Las expectativas, pues, eran diversas, y la ansiedad debió ser mucha. Era un momento de tensión, como la calma que precede a la tormenta. En esas circunstancias, María, la hermana de Marta y de Lázaro, tomó un perfume carísimo y ungió a Jesús con él. Esto atrajo la aprobación de Jesús y el disgusto de Judas Iscariote (Juan 12:1-8). Jesús dio una interpretación a esta acción diciendo que María le ungía “para su sepultura”. Evidentemente, sus pensamientos ya estaban fijos en este punto: la culminación que su ministerio tendría a través de su expiación.

    El más detallado de los relatos

    Por fin tenemos un relato detallado. Porque, a diferencia de los otros relatos, en esta ocasión todos los personajes, el lugar y el momento están claramente identificados. La reunión es en Betania, la semana anterior a la Pascua, y con la presencia de Jesús, los apóstoles, María de Betania, Marta y Lázaro (que no hacía mucho acababa de revivir). Juan el evangelista es tan cuidadoso en esta identificación que identifica a María con mucha anticipación, desde el inicio del capítulo anterior (ver Juan 11:1-2).

    Diferencias entre las dos unciones

    El relato de Juan sobre la unción en Betania guarda cierto parecido con el relato de Lucas sobre la unción en casa del fariseo. ¿Se trataba, entonces, de la misma ocasión? Veamos en qué consiste el parecido:
    • En las dos ocasiones se realizó una reunión en casa de alguien llamado Simón.
    • En las dos ocasiones, una mujer se acercó a Jesús, derramó perfume sobre sus pies y los enjugó con sus cabellos.
    Hasta ahí terminan las similitudes. Veamos ahora las diferencias.
    • Uno de los “Simones” había sido un leproso, el otro era un reconocido fariseo.
    • El perfume usado en Betania era “nardo puro, de mucho precio”. No hay indicación sobre el tipo de perfume utilizado en casa de Simón el fariseo (excepto que el envase era de alabastro).
    • Fuera de los nombres de Jesús y de Simón el fariseo no se identifica a ninguno de los demás participantes en la reunión relatada por Lucas. En la reunión en Betania, relatada por Juan, se detalla, en cambio, que estaban presentes Marta, María, Lázaro, “los discípulos” y, entre estos, se destaca la presencia de Judas Iscariote.
    • Lucas ubica su relato en Capernaúm, al norte del país, en Galilea. Juan ubica su relato en Betania, al sur del país, en Judea.
    • El relato de la “mujer pecadora” ocurre al principio del ministerio de Jesús en Galilea. El relato de la unción por María de Betania ocurre en la semana anterior a la crucifixión de Jesús, al final de su ministerio.
    Es decir, no coinciden ni el tiempo, ni la ocasión, ni el lugar, ni los participantes, ni los detalles, ni las circunstancias. En cuanto a las coincidencias cabe decir que el nombre de Simón era un nombre extremadamente común (aparece 77 veces en el Nuevo Testamento). Sería muy poco probable que “Simón el leproso” fuese el mismo que “Simón el fariseo”. Lo que podemos sentirnos tranquilos de pensar es que fueron dos eventos totalmente distintos, uno ocurrido al principio del ministerio de Jesús, con ciertos participantes, y otro ocurrido al final del ministerio de Jesús, con participantes distintos. Por lo tanto, e insisto en mis negritas, no hay forma de relacionar a María de Betania con la “mujer pecadora” y mucho menos a María Magdalena.

    Quién no era María Magdalena

    Llegados a este punto hagamos un resumen, juntando todas las negritas anteriores, para concluir claramente en que:
    • María Magdalena NO ERA la mujer adúltera cuya vida fue salvada por Jesús al principio de su ministerio.
    • María Magdalena NO ERA “la mujer pecadora” cuyos pecados fueron perdonados por Jesús en casa de Simón el fariseo.
    • María Magdalena NO ERA la mujer que ungió los pies de Jesús con nardo puro al final de su ministerio, a quien con toda claridad Juan identifica como María de Betania, la hermana de Marta y de Lázaro.
    En ninguna de las tres ocasiones se menciona siquiera el nombre de María Magdalena y no hay ningún dato que nos permita relacionarla con las mujeres que en estos relatos aparecen. María Magdalena no era ninguna de estas mujeres que, de hecho, son tres mujeres totalmente distintas entre sí.

    Tercera parte: Quién era en realidad María Magdalena

    Entonces, ¿quién fue María Magdalena?

    Como señalé al principio, muchos mitos se han tejido sobre María Magdalena, incluso hasta formar una compleja maraña. Estos mitos surgieron entre las corrientes apóstatas de los primeros tres siglos, fueron alimentados con ornamentos adicionales en la Edad Media y han sido adornados de nuevo en años recientes con el fin (digámoslo claramente) de vender libros sensacionalistas. Porque el sensacionalismo, en nuestra época, se vende muy bien. Quisiera retomar aquí una frase de James E. Talmage que me ha gustado mucho. Esta frase simplemente dice:

    La tradición no es equivalente a la historia

    “No debe confundirse la tradición infundada con la historia auténtica”

    ¡Y yo digo que Talmage tiene razón!

    Un estilo impráctico para la defensa de la verdad

    Podríamos perder ahora aquí el tiempo tratando de desentrañar esa maraña, entreteniéndonos con cada uno de esos mitos, hilo tras hilo, para desenredarlos y para esclarecerlos… pero sería como ponerse a combatir a la Hidra de Lerna. Ya sabes, en la leyenda de Hércules la Hidra de Lerna era un monstruo interminable. Vaya que sí. Cada vez que le cortabas una cabeza surgían dos en su lugar. Cuando tratamos con mitos de esta naturaleza, tan bien alimentados, ponerse a desmentir cada uno de ellos da material para varios libros. Y eso está bien, pero me parece la forma más impráctica de establecer la verdad. ¿Por qué? Porque cuando acercas a un sitio la luz la obscuridad se desvanece. ¿Por qué no mejor, digo yo, establecemos la verdad simplemente contando la verdad? Así, todo lo que no sea eso, la verdad, se destacará por su propio peso como lo que es, una mentira, o sea la no-verdad. Tómalo como idea. ¡Eso te ahorra muchísimo tiempo!

    Dónde encontrar la verdad

    Y contar la verdad, en el caso de María Magdalena es muy sencillo, ya que contamos con el relato original sobre la identidad de María Magdalena, el punto de partida que necesitó tergiversarse para la elaboración de las leyendas. Retomar este punto de partida será tan refrescante como beber agua directamente del manantial, en donde podemos encontrar el agua completamente pura y limpia, en lugar del agua contaminada y revuelta que se encuentra río abajo. Este relato original es el que se encuentra en los evangelios.

    Lo que dicen los evangelios sobre María Magdalena

    Los evangelios contienen doce pasajes en que hablan directamente sobre María Magdalena, distribuidos en la manera siguiente:
    Mateo3 pasajes
    Marcos4 pasajes
    Lucas2 pasajes
    Juan3 pasajes
    Todo lo que realmente podemos saber sobre María Magdalena se encuentra en estos pasajes. Como vemos, los cuatro evangelistas hablan en torno a María Magdalena, y ubican su presencia en cinco momentos fundamentales. Examinemos lo que podemos saber de María Magdalena a partir de esos cinco momentos trascendentales.

    María Magdalena durante el ministerio en Galilea

    Y aconteció después, que Jesús caminaba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, 2 y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, 3 y Juana, mujer de Chuza, mayordomo de Herodes, y Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes. (Nuevo Testamento | Lucas 8:1–3)
    Lucas nos indica algo sobre el origen de Magdalena que es también corroborado por Marcos: ella había sido sanada por Jesús, liberada de siete demonios (Marcos 16:9). No se nos dan, en ninguno de estos pasajes, más detalles acerca de este milagro. Como antes comenté, no estamos justificados en lo más mínimo en especular que ella haya estado atormentada a causa de una supuesta impureza. Por el contrario, lo único que podemos justamente colegir es que el Salvador manifestó su poder sanador en ella. Y ella, en agradecimiento, le siguió “por todas las ciudades y aldeas”, uniéndose al grupo de discípulos y “ayudándole con sus bienes”. Esto último nos hace inferir que María Magdalena debió ser una mujer con posesiones y, probablemente incluso, con alguna influencia. Ella prestó servició y consagró con gozo sus bienes para la edificación del reino de Dios. Esto es todo lo que sabemos con justicia y certeza sobre la vida anterior de María Magdalena y sobre su conversión.

    María Magdalena durante la crucifixión

    No se nos vuelve a hablar directamente sobre María Magdalena sino hasta mucho más tarde, en la tarde sombría en que el Salvador estaba siendo crucificado. Tres de los evangelistas, todos menos Lucas, la mencionan entre el grupo de mujeres distinguidas por nombre de entre todas las presentes. Mateo y Marcos la mencionan en primer lugar, luego a María de Cleofas, luego a Salomé. Pero el apóstol Juan menciona primero a María, madre de Cristo, siendo el único que la menciona, y luego a las demás mujeres en orden inverso. La razón por la que Juan les menciona así puede deberse a un orden de prioridad en cuanto al parentesco que estas mujeres guardaban con Jesucristo, mostrando así primero a su madre, con la más alta prioridad; luego a la hermana de su madre (a quien hemos identificado como Salomé, madre de los apóstoles Santiago y Juan) y por último a María de Cleofas (probable tía de Jesús, si es que Alfeo o Zebedeo era hermano de José) y a María Magdalena, colocada en un lugar de honor sumamente especial, con las demás mujeres, al pie mismo de la cruz. Mientras que los demás evangelistas colocan a estas mujeres mirando desde lejos (algo muy acorde con la costumbre de ese tiempo), Juan muestra a este grupo especial muy cerca de la cruz, en un lugar privilegiado en que Jesús pudo incluso verlas. Era muy poco probable que los oficiales romanos y judíos les hubiesen permitido acercarse, a no ser en consideración a su parentesco y familiaridad especial con Jesús.

    María Magdalena en el sepulcro

    Tanto Magdalena como “la otra María” (María de Cleofas, madre de Jacobo el menor y de José) tomaron el encargo de acompañar a los varones hasta el sepulcro, para tomar nota del lugar preciso en que Jesús estaba siendo sepultado (Marcos 15:47), ya que eran las últimas horas del viernes (Marcos 15:42) y no había tiempo de realizar todos los cuidados al cuerpo ese día. El sábado, día de reposo, habría que interrumpir toda labor y tendría que ser reanudada hasta el día siguiente, en domingo. Por ello, era prudente que las mujeres, que tomarían sobre sí esta tarea, pudieran tener bien identificado el sepulcro. María Magdalena y María de Cleofas se encargaron de ello, para poder dirigir al resto del grupo cuando fuera oportuno continuar.

    María Magdalena como primer testigo de la resurrección

    Cuando se nos dice que Jesús estuvo sepultado tres días se nos lo dice de acuerdo con la manera de hablar tradicional y no como tres días de 24 horas. Jesús murió el viernes y el día de reposo, sábado, no se efectuó ninguna labor. Los tres evangelistas que relatan los eventos subsiguientes son muy enfáticos para destacar el hecho de que fue en domingo, extremadamente temprano (“siendo aún oscuro”) cuando las mujeres regresaron al sepulcro. Sin lugar a dudas, quien encabezaba este comité María Magdalena. María de Cleofas iba con ella. Juan el Amado es quien dedica el pasaje más largo al relato de los eventos. Al contrastar su relato con el de los otros evangelistas se puede apreciar que hubo momentos, al menos dos, en que María Magdalena se quedó sola y recibió un testimonio distinto al de las otras mujeres que fueron también privilegiadas. Podemos entender que María Magdalena y María de Cleofas (por lo menos ellas dos) se sintieron confundidas cuando vieron la piedra removida y el sepulcro vacío. Fue el momento en que un ángel les testificó que Jesús había resucitado, y les mandó que comunicasen esto a los discípulos (Marcos 16:1-8). María Magdalena se adelantó y comunicó esto a los apóstoles Pedro y Juan, quienes, corriendo, entraron al sepulcro y presenciaron por sí mismos lo ocurrido. Mientras tanto, y hasta que ellos se retiraron, María esperó paciente afuera, afligida por la ausencia de su Señor. Quedándose a solas junto al sepulcro, tuvo entonces una experiencia extraordinaria.
    11 Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; 12 y vio a dos ángeles con ropas blancas que estaban sentados, el uno a la cabecera y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. 13 Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. 14 Y cuando hubo dicho esto, se volvió y vio a Jesús que estaba allí; pero no sabía que era Jesús. 15 Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. 16 Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni!, que quiere decir, Maestro. 17 Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; pero ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. (Nuevo Testamento | Juan 20:11–17)
    Este es uno de los pasajes más completos y estremecedores de las escrituras, no sólo por el tono cálido y conmovedor con que fue escrito, sino por la multitud de los detalles reveladores que contiene. Nos hace saber, por ejemplo, que Jesús no era un espíritu, sino que podía ser tocado. María, llevada por el gozo inmenso de la sorpresa, le llamó “Rabboni” (que es un término respetuoso que puede traducirse como “maestro” y también como “mi Señor”) e indudablemente quiso abrazar a Jesús. Esto lo sabemos porque el original griego así lo dice: Μη μου ἁπτου [me mou aptou], donde la última palabra, aptou, es derivada de Ἁπτομαι [aptome], es decir, abrazar. Aptou es el mismo verso utilizado en la Septuaginta para traducir el hebreo dabak de Job 31:7 y aparece también en Mateo 28:9. En estos pasajes se traduce como “apegar” y “abrazar”, respectivamente. Jesús entonces rechazó el abrazo cortésmente, pidiéndole que “no la tocara” (como ha sido malamente traducido Μη μου ἁπτου) porque “no había subido aún al Padre”. Con lo cual nos enteramos de golpe de que Jesús no había estado en los cielos, morada de Dios, en todo ese tiempo y que, entonces, el paraíso y el cielo son lugares distintos. Jesús además comisionó directamente a María Magdalena para ir con los apóstoles nuevamente (recordemos que, según el mismo capítulo 20, ya había acudido antes con Pedro y con Juan). Esto convirtió a María Magdalena, de entre todos los discípulos, en el primer testigo de la resurrección del Salvador Jesucristo. El versículo que sigue dice que “Fue María Magdalena entonces a dar las nuevas a los discípulos de que había visto al Señor y que él le había dicho estas cosas”. (Juan 20:18) Las demás mujeres de la comitiva recibieron un testimonio posterior y separado. Marcos dice que fue a María Magdalena a quien primero se apareció el Cristo resucitado (ver Marcos 16:9). Mateo completa el relato indicando que Jesucristo se apareció en su camino a las otras mujeres, a las cuales saludó con el saludo tradicional (¡salve!) “y ellas se acercaron, y abrazaron sus pies y le adoraron” (Mateo 28:9). Se entiende que, con toda probabilidad, Jesús subió al Padre en algún momento entre ambos eventos, lo que le permitió a este segundo grupo tocarlo. Es significativo que sea Juan quien hace el relato más largo y detallado sobre estos eventos.

    La importancia sobresaliente de María Magdalena

    Por lo tanto, podemos concluir de María Magdalena lo siguiente:
    • Provenía de Magdala, tierra cercana a Tiberias, Capernaúm y Caná, en la región de Dalmanuta.
    • Se convirtió en discípulo de Jesús en Galilea, y en agradecimiento a que el Salvador le liberó del acoso de siete demonios, le siguió en sus travesías y le consagró su servicio y sus bienes.
    • Se mantuvo digna, en todo respecto, de su llamado al discipulado.
    • Logró acercarse, junto con María, madre de Cristo, con María de Cleofas, con Salomé y con Juan al pie de la cruz.
    • Junto con María de Cleofas, atestiguó la ubicación precisa del sepulcro del Salvador.
    • Fue escogida por Jesús como primer testigo de su resurrección, y le fue encomendada la misión de llevar este testimonio al sacerdocio.
    Podemos también inferir lo siguiente. Si tuviésemos que buscar una líder entre el grupo de mujeres que siguieron a Jesús desde su ministerio en Galilea hasta su muerte y resurrección en Judea, sería, sin duda alguna, María Magdalena. No sólo sería una líder entre las mujeres, pues todas las damas que los evangelistas mencionan por nombre debieron serlo, sino también una líder entre las líderes, mencionada en primer lugar en todos los listados de nombres proporcionados por los evangelistas con la sola excepción de Juan 19:25, en donde María, madre de Cristo, se menciona en primer lugar por razones por demás entendibles. Esta presencia excepcional y relevante de María en todos los eventos, así como la elección del Salvador sobre ella para convertirle en el primer testigo de su resurrección, nos dicen mucho sobre su carácter y su virtud extraordinaria.

    Conclusión y palabras finales

    Como conclusión podemos resumir lo siguiente: María Magdalena NO ERA la mujer sorprendida en adulterio. NO ERA la mujer pecadora que se acercó a Jesús arrepentida en casa de Simón el fariseo. Y, por supuesto, no puede haber confusión entre María Magdalena, natural, como lo dice su nombre, de Magdala de Galilea, y María de Betania, hermana de María, residente en Betania de Judea. Por encima de todo, María Magdalena NO ERA ninguna mujer pecadora. Los evangelios no nos dan ningún motivo para considerarla sino como una mujer casta, virtuosa y extraordinaria, merecedora de toda nuestra admiración, consideración, memoria y honores. Es, por lo tanto, digna representante de todas las mujeres, a quienes representó como discípula de Cristo, a quienes representó también a los pies de la cruz y a quienes representó, finalmente, en el lugar de honra supremo, a los pies mismos del Salvador resucitado, estando ella sujeta a Cristo tal como nosotros esperamos sujetarnos a Él. Y así, María Magdalena, representante de toda virtud, obediencia, consagración y castidad de la mujer en sus días, representa también la virtud, obediencia, consagración y castidad de la mujer TAMBIÉN AHORA, mostrando, en todo respecto, a la mujer en su posición justa, y haciendo entonces a toda mujer digna de toda nuestra consideración, respeto, cuidado y admiración. Faltar al honor de María Magdalena es faltar al honor de toda mujer. Defender la verdad sobre María Magdalena es honrar debidamente a toda mujer. ¡Que pueda su ejemplo servirnos de guía para alcanzar virtudes semejantes y servir al Salvador con tanta dedicación y amor como ella le siguió! ¡Que nuestra lectura de los evangelios, los únicos textos verdaderamente sagrados en que ella se menciona, nos sirvan para conocer la verdad, reposicionar su honor y hacer justicia al nombre de María Magdalena, sublime entre los discípulos de Cristo! Que puedan tus labios transmitir esta palabra y ayudar para ubicar las cosas en su aspecto verdadero.

    Bibliografía y notas

    • Thomas A. Wayment, Andrew C. Skinner, Richard Neitzel Holzapfel, “What DaVinci Didn’t Know”, Salt Lake City, 2006
    • James E. Talmage, “Jesús el Cristo”