“Cuando estabamos recién casados, mi esposa y yo esperábamos el nacimiento de nuestro primer hijo. Yo estudiaba leyes en la universidad y trabajaba en una gasolinera por las noches. “Teníamos muy poco dinero. Habíamos amueblado nuestro pequeño apartamento en un sótano con muebles usados y varias cajas de madera.
“Al aproximarse el momento del nacimiento, habíamos reunido todo lo que necesitábamos, excepto una cama para el bebé y no teníamos el dinero para comprarla.
“Nuestra costumbre en aquel entonces era pagar el diezmo mensualmente el domingo de ayuno. Al acercarse ese día, conversamos sobre la posibilidad de posponer el pago de nuestro diezmo para poder hacer un pago inicial por la cama. En el espíritu de ayuno, y luego de orar, decidimos pagar nuestro diezmo y confiar en el Señor.
“Pocos días más tarde, mientras caminaba por un distrito comercial de la ciudad, inesperadamente me encontré con mi ex presidente de misión, quien me preguntó si estaba estudiando o trabajando. Le contesté que estaba haciendo ambas cosas.
“¿Me había casado? “¡Sí!”
“¿Teníamos hijos? “No, pero el primero nacerá dentro de unas pocas semanas”.
““¿Tienen una cama para el bebé?”, me preguntó. “No”, contesté con cierta reserva, sorprendido por la pregunta tan directa.
““Bueno”, dijo él, “ahora yo estoy en el negocio de muebles y me encantaría enviarte una cama para el bebé a tu apartamento, como regalo”.
“Me sobrecogió un gran sentimiento de alivio, agradecimiento y testimonio.
“El regalo satisfizo una necesidad temporal, pero todavía es un recordatorio conmovedor de la experiencia espiritual que lo acompañó, que confirmó una vez más que la ley del diezmo es un mandamiento con promesa.

Bibliografía

•    Ronald E. Poelman, “El diezmo, un privilegio”, Liahona. mayo de 1998