Introducción

Cuando leemos el relato de la conquista, con frecuencia nos preguntamos por qué el Señor pidió a los israelitas hacer la guerra a los pueblos cananeos y expulsarlos de la tierra prometida. Si Dios ama de la misma manera a todos sus hijos, ¿por qué tuvieron los pueblos cananeos que ser destruidos? Este artículo se centra en proporcionar la respuesta a esta cuestión.

El convenio de la tierra

Como parte del convenio de Abraham, el Señor había le había prometido a este patriarca la tierra de Canaán como posesión perpetua para él y sus descendientes. El propósito de poseer esta tierra no era casual, sino que llevaba el objetivo de bendecir desde allí a todas las naciones de la tierra:

9 Y haré de ti una nación grande y te bendeciré sobremanera, y engrandeceré tu nombre entre todas las naciones, y serás una bendición para tu descendencia después de ti, para que en sus manos lleven este ministerio y sacerdocio a todas las naciones.

10 Y las bendeciré mediante tu nombre; pues cuantos reciban este evangelio serán llamados por tu nombre; y serán considerados tu descendencia, y se levantarán y te bendecirán como padre de ellos;

11 y bendeciré a los que te bendijeren, y maldeciré a los que te maldijeren; y en ti (es decir, en tu sacerdocio) y en tu descendencia (es decir, tu sacerdocio), pues te prometo que en ti continuará este derecho, y en tu descendencia después de ti (es decir, la descendencia literal, o sea, la descendencia corporal) serán bendecidas todas las familias de la tierra, sí, con las bendiciones del evangelio, que son las bendiciones de salvación, sí, de vida eterna.

(Perla de Gran Precio, Abraham 2:9–11 • P de GP, p. 37)

Por qué no fue cumplida antes la promesa de la tierra

Al extenderle las promesas, el Señor explicó a Abraham que no se cumplirían de manera inmediata, sino de acuerdo con un plan preconcebido que daría tiempo a que los cananeos llegaran hasta el colmo de su iniquidad.

Génesis 15.13–16 RVR60

13 Entonces Jehová dijo a Abram: Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años.

14 Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza.

15 Y tú vendrás a tus padres en paz, y serás sepultado en buena vejez.

16 Y en la cuarta generación volverán acá; porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí.

El plan de Dios, pues, contemplaba la esclavitud del pueblo de Israel en Egipto durante cuatrocientos años y su posterior liberación. Esto fortalecería a Israel como nación. Mientras tanto, “el amorreo” (un término genérico usado aquí para referirse a todos los cananeos, que eran los habitantes de la tierra prometida) estaría llegando al colmo de su maldad.

La manera en que Dios lleva a cabo su plan

Como el profeta Nefi explicó a sus hermanos, todos los eventos clave de la historia humana ocurren de acuerdo con el magnífico plan de Dios. Los israelitas no hubieran podido librarse de la esclavitud impuesta por los egipcios por sí solos, sino que fueron librados con base en dos condiciones, destacadas en los siguientes versículos por medio de un “sí” condicional:

23 Y aconteció que yo, Nefi, les hablé, diciendo: ¿Creéis vosotros que nuestros padres, que eran los hijos de Israel, habrían sido librados de las manos de los egipcios si no hubiesen escuchado las palabras del Señor?

24 Sí, ¿suponéis vosotros que habrían sido conducidos fuera del cautiverio si el Señor no hubiese mandado a Moisés que los librara de la esclavitud?

(Libro de Mormón, 1 Nefi 17:23–24 • L de M, p. 45)

Incluso en el desierto, los israelitas fueron guiados por el Señor hasta los más pequeños detalles, quien los consolidó y les ayudó a lograr por medio de muchos milagros y experiencias un grado mayor de madurez espiritual.

31 Y aconteció que según su palabra los destruyó; y según su palabra los guio; y según su palabra hizo por ellos todas las cosas; y no se hizo nada salvo que fuese por su palabra.

32 Y después que hubieron cruzado el río Jordán, él los hizo fuertes para arrojar a los habitantes de esa tierra, sí, para esparcirlos hasta su destrucción.

(Libro de Mormón, 1 Nefi 17:31–32 • L de M, p. 45)

Aún así, Israel no prevaleció sobre los cananeos por ningún tipo de superioridad o predilección. La única diferencia entre ambos pueblos fue su grado de cercanía o alejamiento a los mandamientos de Dios.

33 Y ahora bien, ¿pensáis vosotros que los habitantes de esa tierra, que se hallaban en la tierra de promisión, y que fueron echados por nuestros padres, pensáis vosotros que eran justos? He aquí, os digo que no.

34 ¿Pensáis vosotros que nuestros padres hubieran sido más favorecidos que ellos si estos hubiesen sido justos? Yo os digo que no.

35 He aquí, el Señor estima a toda carne igual; el que es justo es favorecido de Dios. Pero he aquí, los de este pueblo habían rechazado toda palabra de Dios, y habían llegado a la madurez de la iniquidad; y la plenitud de la ira de Dios estaba sobre ellos. Y el Señor maldijo la tierra contra ellos y la bendijo para nuestros padres; sí, la maldijo contra ellos para su destrucción, y la bendijo para nuestros padres al grado de que se enseñorearon de ella.

(Libro de Mormón, 1 Nefi 17:33–35 • L de M, p. 45–46)

Después de estas palabras, Nefi hace lo que podría considerarse un magnífico resumen de toda la historia humana:

36 He aquí, el Señor creó la tierra para que fuese habitada; y ha creado a sus hijos para que la posean.

37 Y levanta a la nación justa, y destruye a las naciones de los inicuos.

38 Y conduce a los justos a tierras preciosas, y destruye a los inicuos, y maldice la tierra por causa de ellos.

39 Reina en las alturas de los cielos, porque son su trono; y esta tierra es el escabel de sus pies.

(Libro de Mormón, 1 Nefi 17:36–39 • L de M, p. 46)

Los israelitas se habrían de distinguir a través de su obediencia a Dios

En Levítico 18, el profeta Moisés enunció varias de las transgresiones graves en las que estaban cayendo los cananeos y por las cuales estaban siendo expulsados de la tierra, las cuales incluían transgresiones a la ley de castidad. Moisés amonestó entonces al pueblo a no cometer las mismas transgresiones.

Levítico 18.24–30 RVR60

24 En ninguna de estas cosas os amancillaréis; pues en todas estas cosas se han corrompido las naciones que yo echo de delante de vosotros,

25 y la tierra fue contaminada; y yo visité su maldad sobre ella, y la tierra vomitó sus moradores.

26 Guardad, pues, vosotros mis estatutos y mis ordenanzas, y no hagáis ninguna de estas abominaciones, ni el natural ni el extranjero que mora entre vosotros

27 (porque todas estas abominaciones hicieron los hombres de aquella tierra que fueron antes de vosotros, y la tierra fue contaminada);

28 no sea que la tierra os vomite por haberla contaminado, como vomitó a la nación que la habitó antes de vosotros.

29 Porque cualquiera que hiciere alguna de todas estas abominaciones, las personas que las hicieren serán cortadas de entre su pueblo.

30 Guardad, pues, mi ordenanza, no haciendo las costumbres abominables que practicaron antes de vosotros, y no os contaminéis en ellas. Yo Jehová vuestro Dios.

Así como lo haría mucho más tarde Juan el Bautista, Moisés procuró concientizar a los israelitas de que ellos no eran en ningún sentido “mejores” que los cananeos y que sólo la obediencia a Dios podría distinguirles. De otra manera correrían la misma suerte que quienes estaban siendo ahora expulsados. Sin embargo, Moisés lamentaba que quizás los israelitas no estuvieran suficientemente preparados para el nivel de santidad y obediencia que les estaba siendo requerido.

Deuteronomio 9.4–6 RVR60

4 No pienses en tu corazón cuando Jehová tu Dios los haya echado de delante de ti, diciendo: Por mi justicia me ha traído Jehová a poseer esta tierra; pues por la impiedad de estas naciones Jehová las arroja de delante de ti.

5 No por tu justicia, ni por la rectitud de tu corazón entras a poseer la tierra de ellos, sino por la impiedad de estas naciones Jehová tu Dios las arroja de delante de ti, y para confirmar la palabra que Jehová juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob.

6 Por tanto, sabe que no es por tu justicia que Jehová tu Dios te da esta buena tierra para tomarla; porque pueblo duro de cerviz eres tú.

Josué también procuró advertir a los israelitas que debían distinguirse a través de su obediencia:

Josué 24.14–15 RVR60

14 Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová.

15 Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.

Josué 24.25 RVR60

25 Entonces Josué hizo pacto con el pueblo el mismo día, y les dio estatutos y leyes en Siquem.

Conclusión

A pesar de los convenios realizados y de todas las amonestaciones proféticas, el pueblo de Israel no sirvió a Dios con perseverancia e integridad, por lo que tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento, en la Biblia, nos refieren el resultado de invasiones, cautividad y dispersiones. Israel fue duramente castigado por su alejamiento de Dios, tal como las naciones que le habían precedido. Sin embargo, Israel sigue siendo el portador del convenio de Dios para bendecir a todas las naciones de la tierra. La apostasía de Israel da mayor importancia a la obra del recogimiento, la cual se está llevando a cabo ahora, en la restauración de la Iglesia, para la realización del plan de Dios en estos, los últimos días antes de la Segunda Venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Originally posted 2018-04-06 07:02:00.