Al hacer referencia al corazón compungido como un “sacrificio de antaño”, es probable que Kipling haya pensado en las palabras del rey David, del Salmo 51: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; [el] corazón contrito y humillado” (versículo 17). Las palabras de David demuestran que desde la época del Antiguo Testamento, los del pueblo del Señor ya entendían que debían entregar sus corazones a Dios, que solamente las ofrendas de holocausto no eran suficientes.

Los sacrificios que fueron ordenados en la dispensación de Moisés eran una representación simbólica del sacrificio expiatorio del Mesías, que era el único que podía reconciliar al hombre pecador con Dios, tal como lo enseñó Amulek: “Y he aquí, éste es el significado entero de la ley, pues todo ápice señala a ese gran y postrer sacrificio … el Hijo de Dios” (Alma 34:14).

Después de Su resurrección, Jesucristo declaró al pueblo del Nuevo Mundo:

“ … vuestros sacrificios y vuestros holocaustos cesarán, porque no aceptaré ninguno de [ellos] …

“Y me ofreceréis como sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Y al que venga a mí con un corazón quebrantado … lo bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo … ” (3 Nefi 9:19-20).

(2007, octubre, Bruce D. Porter, ‘Un corazón quebrantado y un espíritu contrito,’ Liahona, noviembre 2007 ¶ 11–15)

 

Originally posted 2018-02-25 11:05:30.