El comienzo en la obra misional a veces puede ser una experiencia abrumadora y atemorizante. El presidente Harold B. Lee me habló un día en cuanto a aquellos que se sienten incapaces y que se preocupan cuando reciben una asignación en la Iglesia. El aconsejaba lo siguiente: “Recuerda, a quien el Señor llama, el Señor califica”.
Cuando fui Presidente de la Misión Canadiense, con sede en Toronto, llegó a nuestra misión un misionero que no poseía algunas de las habilidades de los demás misioneros, y que, sin embargo, se entregó totalmente a sus labores misionales. El trabajo era difícil para el; no obstante, se esforzó valientemente por hacer lo mejor.
En una conferencia de zona en la que estuvo presente una Autoridad General, a los misioneros no les había ido muy bien en una pequeña prueba que les había hecho el visitante sobre las Escrituras; con cierto sarcasmo, el comentó: “Mmmm … no creo que este grupo sepa siquiera los nombres de los folletos misionales básicos ni de sus autores”.
Considere ese comentario un desafío que no podía resistir. “Le aseguro que los saben”, afirme.
“Bien, veremos”, me respondió, y les pidió que se pusieran de pie. Al seleccionar a un misionero para probar lo que había dicho, no escogió a ninguno de los jóvenes sobresalientes, de experiencia y conocimiento, sino a mi nuevo misionero, aquel al que le era tan difícil aprender. Se me cayó el alma a los pies. Observe la expresión suplicante del elder y me di cuenta de que estaba paralizado de temor. Y ore … ¡con cuanto fervor ore!: “Padre Celestial, ¡ven a su rescate!” Y El lo hizo. Después de una larga pausa, el visitante le preguntó: “¿Quien es el autor del folleto El plan de salvación?”
Después de lo que pareció una eternidad, el tímido misionero respondió: “John Morgan”.
“¿Y quien escribió ¿Cual es la iglesia verdadera?”
De nuevo una pausa, y luego la respuesta: “Mark E. Petersen”.
“¿y El diezmo del Señor?”
“James E. Talmage escribió ese”, contestó el.
Y así continuó con toda la lista de folletos misionales que utilizábamos. Al terminar, le hizo otra pregunta: “¿Hay algún otro folleto?”
“Si, se llama ¿Que sigue después del bautismo?”
“¿Quien lo escribió?”
Sin vacilar, el misionero contestó: “El nombre del autor no aparece en el folleto, pero el presidente de la misión me dijo que fue escrito por el elder Mark E. Petersen, por asignación del presidente David O. McKay”.
La Autoridad General procedió entonces a demostrar su grandeza; volviéndose a mi, me dijo: “Presidente Monson, les debo una disculpa a usted y a sus misioneros. No hay duda: realmente conocen los folletos básicos y sus autores”. Esa actitud despertó mi admiración por el y llegamos a ser muy buenos amigos.
¿y que le sucedió a aquel misionero? Terminó la misión honorablemente y volvió a su casa en el oeste. Mas tarde, fue llamado para prestar servicio como obispo de un barrio. Todos los años recibo una tarjeta de Navidad de el y su esposa y familia.
Siempre firma su nombre y luego agrega este comentario: “Su mejor misionero”.
Todos los años, cuando llega la tarjeta, pienso en esa experiencia, y la lección que se encuentra en el primer libro de Samuel, en la Santa Biblia, me llega al alma. Recordaran que el profeta Samuel recibió el mandato del Señor de ir a Belén, a ver a Isaí, con la revelación de que se encontraría un rey entre los hijos de este. Samuel hizo lo que el Señor le mandó. Uno a uno, los hijos de Isaí se presentaron ante Samuel, siete de ellos. Aunque eran hermosos y de buena apariencia, el Señor le dijo a Samuel que no habría de elegir a ninguno.
“Entonces dijo Samuel a Isaí: ¿Son estos todos tus hijos? Y el respondió: Queda aun el menor, que apacienta las ovejas. Y dijo Samuel a Isaí Envía por el”Envió, pues, por el, y le hizo entrar … Entonces Jehová dijo:
Levántate y úngelo, porque este es” (1 Samuel 16:11–12).
La lección que debemos aprender se encuentra en el mismo capitulo del primer libro de Samuel, en el versículo 7: ” … el hombre mira lo que esta delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón’.

«El que honra a Dios, Dios le honra», Pte. Thomas S. Monson, Conferencia General de octubre de 1995.