Antes hablé del período de la historia de la Iglesia en Kirtland. Los años de 1836 y 1837 fueron los más difíciles que la joven Iglesia había enfrentado, financiera, política e internamente. En medio de esa tensa situación, José Smith recibió la magnífica impresión profética de enviar a varios de sus hombres más capaces (posteriormente a todo el Quórum de los Doce Apóstoles) a servir en misiones en el extranjero. Fue un movimiento audaz e inspirado que al final salvaría a la Iglesia de los peligros del momento, si bien a corto plazo imponía grandes cargas para los santos, dolorosas para los que partieron, aunque tal vez más dolorosas para los que permanecieron en casa

Cito al élder Robert B. Thompson:

“Habiendo llegado el día señalado para que los élderes partieran para Inglaterra, [me detuve] en la casa del hermano [Heber C.] Kimball para determinar cuándo iba a iniciar él [su viaje], ya que esperaba acompañarlo durante doscientas o trescientas millas, porque tenía pensado trabajar en Canadá esa temporada.

“La puerta estaba entreabierta, así que entré y me quedé sorprendido por lo que vi. Pensé en retirarme, pues creí estar importunando, pero sentí que no debía moverme. El padre estaba derramando su alma a … [Dios, suplicándole] que como Él ‘cuida de los pajarillos y alimenta a los cuervos’, que velara por las necesidades de su esposa y de sus pequeños en su ausencia. Entonces, al igual que los patriarcas, y en virtud de su oficio, puso las manos sobre la cabeza de cada uno y les dio una bendición de padre … encomendándolos al cuidado y a la protección de Dios, mientras él estuviera predicando el Evangelio en otro país. Mientras así se hallaba [pronunciando estas bendiciones], su voz se tornó casi imperceptible entre los sollozos de los que le rodeaban y que [se esforzaban, en su manera juvenil, por ser fuertes, aunque les resultaba muy difícil] … Él continuó, pero su corazón estaba demasiado afectado para hacerlo con normalidad … y a veces se veía obligado a detenerse a intervalos mientras … las copiosas lágrimas bañaban sus mejillas, como muestra de los sentimientos que abrigaba en su interior. Mi corazón no fue lo bastante fuerte para refrenarse”, dijo el hermano Thompson. “A pesar de mis intentos, lloré y uní mis lágrimas a las de ellos. Al mismo tiempo, me sentí agradecido por haber tenido el privilegio de contemplar tal escena”.

Esa escena se ha repetido de una u otra manera miles y cientos de miles de veces en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, sea por un temor, una necesidad, un llamamiento, un peligro, una enfermedad, un accidente o una defunción. Yo he participado en momentos así. He contemplado el poder de Dios manifestándose en mi hogar y en mi ministerio. He visto que se ha reprendido el mal y que se han controlado los elementos. Sé lo que significa trasladar montañas de dificultades y dividir azaroso mares Rojos. Sé lo que significa que el ángel destructor “[pase] de ellos”. El haber recibido la autoridad y el haber ejercido el poder del “Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios”es para mí y para mi familia la mayor bendición que podría esperar en esta vida. Ése, en definitiva, es el significado del sacerdocio en palabras que todos podemos entender: una capacidad incomparable, interminable y constante para bendecir.

(2005, abril, Jeffrey R. Holland, ‘Nuestra característica más destacada,’ Liahona, mayo 2005 ¶ 24–28)

Originally posted 2018-02-13 11:28:00.

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