Al relacionarnos con los demás, debemos recordar que otras personas son también hijos de nuestro Padre Celestial. Al comienzo de nuestro matrimonio, mi esposo solía decir: “No me casé contigo por tu apariencia”. Pero finalmente le dije en tono de broma: “Eso en realidad no se oye muy halagador”. Él me explicó lo que yo ya sabía, que eso tenía por objeto ser el más grande cumplido que podía hacerme. Me dijo: “Te amo por lo que eres intrínseca y eternamente”. El Señor dijo: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura … porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7). En la familia, en las amistades, en el noviazgo y en el matrimonio, no sólo debemos darle valía a la belleza y a la condición social, sino a la personalidad, a los buenos valores y a la naturaleza divina de cada uno.

«Hijas de nuestro Padre Celestial», Hermana Susan W. Tanner, Conferencia General de abril de 2007.

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