¿Qué son un corazón quebrantado y un espíritu contrito? ¿Y por qué se consideran un sacrificio?

Como en todas las cosas, la vida del Salvador nos ofrece el ejemplo perfecto: A pesar de que Jesús de Nazaret era sin pecado, vivió con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, tal como lo demuestra por medio de Su sumisión a la voluntad del Padre. “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38); dijo a Sus discípulos: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Y cuando llegó la hora de hacer el sacrificio final que formaba parte de la Expiación, Cristo no rehusó beber la amarga copa sino que se sometió totalmente a la voluntad de Su Padre.

La sumisión perfecta del Salvador al Eterno Padre es el ejemplo ideal de un corazón quebrantado y un espíritu contrito. El ejemplo de Cristo nos enseña que un corazón quebrantado es un atributo eterno y divino. Cuando nuestro corazón está quebrantado, somos plenamente receptivos al Espíritu de Dios y reconocemos nuestra dependencia de Él para todo lo que poseemos y lo que somos. Tal sacrificio implica renunciar al orgullo en todas sus formas. Así como un alfarero experto modela el barro con las manos, el Maestro puede moldear y darle forma con Sus manos a los de corazón quebrantado.

(2007, octubre, Bruce D. Porter, ‘Un corazón quebrantado y un espíritu contrito,’ Liahona, noviembre 2007 ¶ 16–18)

 

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