"Durante la Segunda Guerra Mundial, el joven Boyd K. Packer (que más tarde sería miembro del Quórum de los Doce Apóstoles) y otros soldados fueron transportados a través de los Estados Unidos en los vagones de un tren de carga. Él comenta de esta manera el sentimiento de vergüenza que le embargó en aquella ocasión, el cual es comparable al sentimiento que origina la impureza espiritual:

“…en los seis días del viaje no tuvimos mudas de ropa para cambiarnos. El calor era intenso… y el humo y las cenizas de la locomotora hacían el viaje sumamente incómodo. No teníamos dónde bañarnos ni dónde lavar los uniformes. Llegamos a Los Ángeles una… mañana.…

“…En lo primero que pensamos fue en la comida. Los diez compañeros de nuestro grupo juntamos el dinero de todos y nos encaminamos hacia el mejor restaurante que pudimos hallar.

“Estaba lleno de gente y nos pusimos en una fila para esperar asientos; yo era el primero, y estaba detrás de unas mujeres muy bien vestidas. Sin siquiera darse la vuelta, una elegante señora que estaba delante de mí se percató en seguida de nuestra presencia.

“Se volvió y nos miró; al momento, se volvió otra vez y me miró de la cabeza a los pies. Allí estaba yo, con el uniforme arrugado, transpirado, sucio y cubierto de ceniza. Ella exclamó, con un tono de disgusto en la voz: ‘¡Qué barbaridad! ¡Qué hombres más sucios!’, y todas las miradas se volvieron a nosotros.

“Sin duda, la señora deseaba que no estuviéramos allí; yo deseaba lo mismo. Me sentí tan sucio como estaba, muy incómodo y avergonzado” (Packer, pág. 19) Bibliografía

Packer, Boyd K.: Lavados y purificados. En: Liahona julio de 1997.

"Durante la Segunda Guerra Mundial, el joven Boyd K. Packer (que más tarde sería miembro del Quórum de los Doce Apóstoles) y otros soldados fueron transportados a través de los Estados Unidos en los vagones de un tren de carga. Él comenta de esta manera el sentimiento de vergüenza que le embargó en aquella ocasión, el cual es comparable al sentimiento que origina la impureza espiritual:

“…en los seis días del viaje no tuvimos mudas de ropa para cambiarnos. El calor era intenso… y el humo y las cenizas de la locomotora hacían el viaje sumamente incómodo. No teníamos dónde bañarnos ni dónde lavar los uniformes. Llegamos a Los Ángeles una… mañana.…

“…En lo primero que pensamos fue en la comida. Los diez compañeros de nuestro grupo juntamos el dinero de todos y nos encaminamos hacia el mejor restaurante que pudimos hallar.

“Estaba lleno de gente y nos pusimos en una fila para esperar asientos; yo era el primero, y estaba detrás de unas mujeres muy bien vestidas. Sin siquiera darse la vuelta, una elegante señora que estaba delante de mí se percató en seguida de nuestra presencia.

“Se volvió y nos miró; al momento, se volvió otra vez y me miró de la cabeza a los pies. Allí estaba yo, con el uniforme arrugado, transpirado, sucio y cubierto de ceniza. Ella exclamó, con un tono de disgusto en la voz: ‘¡Qué barbaridad! ¡Qué hombres más sucios!’, y todas las miradas se volvieron a nosotros.

“Sin duda, la señora deseaba que no estuviéramos allí; yo deseaba lo mismo. Me sentí tan sucio como estaba, muy incómodo y avergonzado”

Bibliografía

  • Packer, Boyd K.: Lavados y purificados. En: Liahona julio de 1997.

 

Originally posted 2018-03-01 11:08:42.