Salmos es el libro poético por excelencia en la literatura sagrada. Se trata también del libro más grande de las Escrituras, con 150 capítulos, más que Doctrina y Convenios, que tiene 140 contando las dos declaraciones oficiales. Y, siendo de naturaleza poética, no se puede estudiar de la misma manera que los otros libros, porque no es una narrativa ni es una regulación. Debemos, simplemente, disfrutar la poesía, y deleitarnos con el descubrimiento de sentimientos y principios que destilan a través de sus líneas.
Pero, ¡ojo!, eso no quiere decir que no haya ciertos trucos, ya que cada uno de los salmos tiene un significado y propósito. Para identificar el objetivo del salmo es útil relacionarlo con el momento en que se escribió. Es decir, que los salmos pueden ser estudiados desde una perspectiva histórica, relacionándolos, de hecho, con otros pasajes de las escrituras. Es muy bueno saber que David escribió la mayoría de los salmos, pero no todos. Ya hemos tenido ocasión de leer el salmo 90, que se le atribuye nada menos que a Moisés, y eso nos habla de la antigüedad de algunos de estos salmos, siendo el salmo 90 el más antiguo de todos. Dado que es tan útil relacionar a los salmos con su contexto para mejorar su comprensión, me he atrevido a romper el esquema y proponerte que los estudiemos cerca del momento de la historia que los originó. En el Plan de Estudio Diario del Antiguo Testamento encontrarás los salmos “salpicados” a lo largo de la historia de Saúl, David y Salomón, así como en otros momentos históricos. Verás, por ejemplo, cómo es que David escribía en respuesta a sus pruebas, a sus sueños, a sus desafíos y aflicciones y apreciarás más el valor de ciertos salmos que parecen representativos de instantes precisos de la historia.