“La gloriosa preeminencia de este espléndido edificio fue de breve duración. Treinta y cuatro años después de su dedicación, y escasamente cinco años después de la muerte de Salomón, empezó a decaer; y esta decadencia pronto se iba a convertir en un despojo general, finalmente tornándose en una verdadera profanación. Salomón el rey, el hombre de la sabiduría, el hábil constructor, se había desviado en pos de los ardides de mujeres idólatras, y su conducta indisciplinada provocó la iniquidad en Israel. La nación ya no era una; había facciones y sectas, partidos y credos; algunos adoraban en las cumbres de los montes; otros, bajo árboles frondosos, cada grupo afirmando la excelencia de su santuario particular. El templo pronto perdió su santidad; el don se desprestigió a causa de la perfidia del donador, y Jehová retiró su presencia protectora del lugar que ya no era santo.” (James E. Talmage, La Casa del Señor, pág. 7.)