Nuestros pensamientos se dirigen entonces a los investigadores, a los amigos y a aquellos cuyo testimonio es frágil y está en etapa de desarrollo. ¿Son nuestras reuniones el potente instrumento misional que deben ser, donde el Espíritu del Señor reine y penetre el corazón de los presentes? ¿O para sentir el Espíritu, tenemos primero que poner una barrera a muchas distracciones innecesarias?
Una gran persona es una persona reverente. Es alguien que demuestra respeto en una casa de adoración aun cuando sea el único presente allí. No había ninguna congregación alrededor cuando el Señor mandó a Moisés: “… quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es” [Éxodo 3:5]. Los oficiales que presidan deben planificar con tanto cuidado que no se vea ni se oiga ningún murmullo en el estrado. Los padres deben capacitar y disciplinar a sus hijos, y sentarse con ellos (excepto cuando las clases se sientan como grupos y tienen supervisión). Se debe enseñar a los acomodadores de manera que ayuden a la gente a sentarse en silencio, con un mínimo de interrupciones. Las personas que asistan deben llegar temprano, saludar amistosamente con un tono de voz bajo, aminorar el paso, buscar asientos en el frente y sentarse calladamente en actitud meditativa. Todos deben participar al máximo, cantando los himnos, orando con el que ore, tomando la Santa Cena con un corazón agradecido y renovando su consagración a los convenios que hayan hecho. Se nos da la oportunidad de prestar atención con gratitud a las lecciones que se nos enseñen, los discursos que se prediquen y los testimonios que se expresen, juzgándolos no por la elocuencia sino por la sinceridad con que se presenten. Ahí tenemos la oportunidad de participar plenamente de fuentes de conocimiento, pues el maestro u orador más humilde contribuirá con ideas que después podremos desarrollar. Al pasar silenciosamente por las puertas de la capilla, podemos dejar atrás toda crítica, preocupación y dificultad —todos los planes de trabajo, políticos, sociales y de entretenimiento— y dedicarnos serenamente a la contemplación y a la adoración. Podemos sumergirnos en la atmósfera espiritual que nos rodea. Podemos dedicarnos a aprender, a arrepentirnos, a perdonar, a testificar, a agradecer y a amar .

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, EPI – Spencer W. Kimball, Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia,.