El peligro del conocimiento intelectual sin crecimiento espiritual

El obtener conocimiento es un aspecto muy importante de la vida de un cristiano, ya que Dios es el Dador de todo conocimiento. Él es omnisciente, que quiere decir que todo lo sabe, que él tiene todo conocimiento. Así, cuando aprendemos, adquirimos parte de ese conocimiento y estamos conociendo a Dios. Mientras más sabemos, mejor podemos apreciar sus obras, comprender su ley y admirar la sabiduría de sus tratos con los hombres. Un conocimiento así nos conduce a una mayor espiritualidad y reverencia.

El problema viene cuando nuestro aprendizaje se da de manera desequilibrada, cuando adquirimos conocimiento solamente de un área, descuidando las otras. Para dar un ejemplo, cuando mi esposa se embarazó me sorprendí al darme cuenta de todo el tiempo que había tenido para prepararme y de lo poco que sabía del embarazo. Descubrí que carecía de conocimiento justo cuando más lo necesitaba. En otras palabras, había dedicado más tiempo y esfuerzo a adquirir conocimientos que no me iban a ayudar en ese momento. De modo que tuve que hacer un esfuerzo para equilibrarme, con el tiempo encima y con el riesgo de no poder servir bien a mi esposa y perderme de un irreemplazable momento.

De manera que no basta con adquirir conocimiento, sino también se trata de adquirirlo sabiamente. Dentro de ese entorno hay dos aspectos o facetas del conocimiento que no se deben descuidar. El conocimiento puede ser tanto intelectual como espiritual. El conocimiento intelectual se aprende de los libros y del ejercicio del razonamiento, mayormente. El conocimiento espiritual se adquiere mayormente del ejercicio de la fe y del testimonio adquirido por la repetición de experiencias espirituales que confirman la fe. Ambos aspectos deben encontrarse en balance para producir una salud completa y para la satisfacción integral de las necesidades del hombre.

Como si fuera una onda expansiva, este equilibrio tiene repercusiones individuales, pero también familiares y después sociales. La forma, equilibrada o desequilibrada, en que se adquiere el conocimiento repercute en todos los ámbitos de la familia y de la sociedad.

Alrededor del año 120 a.C. hubo entre los lamanitas un rey al que se conoce con el nombre de Lamán. Este rey estaba sanamente preocupado porque su pueblo adquiriese cultura y conocimiento. Desdichadamente, confió en el maestro equivocado:

Mosíah 24:3–7
3 Ahora bien, el nombre del rey de los lamanitas era Lamán, habiéndosele dado el nombre de su padre, y se llamaba, por tanto, el rey Lamán. Y era rey de un pueblo numeroso.

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4 Y nombró maestros de entre los hermanos de Amulón para todas las tierras que poseía su pueblo; y así se empezó a enseñar el idioma de Nefi entre todo el pueblo de los lamanitas.

5 Y eran gente amigable los unos con los otros; no obstante, no conocían a Dios; ni les enseñaron los hermanos de Amulón cosa alguna concerniente al Señor su Dios, ni la ley de Moisés, ni les enseñaron las palabras de Abinadí;

6 pero sí les enseñaron que debían llevar sus anales, y que se escribiesen unos a otros.

7 Y así los lamanitas empezaron a aumentar en riquezas, y comenzaron a negociar unos con otros y a fortalecerse; y comenzaron a ser gente astuta y sabia, según la sabiduría del mundo; sí, una gente muy sagaz que se deleitaba en todo género de iniquidades y pillaje, menos entre sus propios hermanos.

(Libro de Mormón | Mosíah 24:3–7)

Es una pena que el rey Lamán aplicase aquí la vieja sentencia de que “más vale malo conocido que bueno por conocer”. El rey confió en Amulón y en sus sacerdotes porque provenían de un pueblo (el pueblo de Zeniff) con el que los lamanitas ya habían tenido tratos. Por otra parte, Amulón y sus sacerdotes habían emparentado, aunque sea a la fuerza, con los lamanitas. De manera que, en interés de las hijas de su pueblo, el rey se preocupó por darles un cargo a sus esposos y, ya que Amulón y su grupo eran gente definitivamente culta, les puso como maestros de su pueblo. Esto es digno de consideración, porque cuando pensamos en los lamanitas solemos pensar en un pueblo salvaje y desprovisto de cultura. Esto tiene algo de cierto, pero sólo hasta antes de Amulón, porque Amulón les empezó a enseñar cosas muy importantes que, sin duda, lanzaron a los lamanitas por un camino más firme hacia la civilización. Entre estas cosas, el pasaje que estamos estudiando señala:

  • Que les enseñó “el idioma” de Nefi. Cuando las escrituras hablan del “idioma” o “lenguaje” no se refieren sólo al conocimiento de las palabras, sino de la cultura en general. Podríamos parafrasear esta frase diciendo que les enseñó “la cultura” general del pueblo de Nefi.
  • Que les enseñó a leer y a escribir, incluso a llevar registros civiles e históricos. Como sabemos, los expertos hacen una división entre la prehistoria y la historia en base a la aparición (según ellos) de la escritura (digo según ellos porque las escrituras nos informan que Adán ya sabía leer y escribir). Podríamos decir, con base en esa afirmación, que gracias a Amulón los lamanitas pasaron de la prehistoria (la fase en que no llevaban registros) a la historia.
  • Que les enseñaron un alto grado de fraternidad interna, al grado que era gente muy amigable entre sí.
  • Que les enseñaron el arte del comercio. Porque el Libro de Mormón dice que generalmente se valían más de la caza o de la rapiña, pero a partir de aquí les vemos con habilidades comerciales. El pasaje dice que empezaron entonces a aumentar en riquezas.
  • En general, que les convirtieron en una gente astuta y sabia.
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Llegados hasta aquí podríamos pensar que esta adquisición de cultura y civilización cambiaría definitivamente el rumbo del pueblo lamanita hacia el bien. Lamentablemente el pasaje nos informa también sobre lo que Amulón y sus sacerdotes no le enseñaron al pueblo:

  • No les enseñaron nada acerca de Dios.
  • No les enseñaron la ley de Moisés (la ley de Dios)
  • No les enseñaron las palabras proféticas.

Por lo tanto, el pasaje expone como resultado que:

  • “comenzaron a ser gente astuta y sabia, según la sabiduría del mundo; sí, una gente muy sagaz que se deleitaba en todo género de iniquidades y pillaje, menos entre sus propios hermanos”

Este no parece ser el resultado esperado de la civilización, sino un desastre. En lugar de ser gente moralmente elevada, el conocimiento se convirtió para ellos en un arma y se transformaron en gente más prepotente y peligrosa. El conocimiento es poder, y ellos aprendieron más sobre el abuso del poder. Este tipo de conocimiento aumentó sus ambiciones para tiranizar a otros pueblos, en lugar de fomentar el respeto y la sana convivencia.

¿Qué es lo que falló? Es una cuestión de equilibrio. Todo el conocimiento que los lamanitas adquirieron gracias a la tutela de Amulón no era malo en sí mismo. Lo malo fue omitir el conocimiento espiritual, lo cual resultó en que los lamanitas no crecieron integralmente. Es como un brazo que crece más que otro: el resultado no es armonía, sino deformidad.

En nuestro tiempo existe una doctrina insidiosa conocida formalmente como relativismo. Todos hemos oído expresiones tomadas de esta doctrina: “Cada quien tiene su propia verdad”, “la verdad es como cada uno la entiende”, etc. Es fácil comprobar que estas expresiones son falsas (la verdad no puede ser múltiple porque la verdad tiene que estar relacionada con la realidad), pero ¡cómo convencen a la gente! La razón de que el relativismo tiene tanto éxito es porque justifica el egoísmo. Si cada quien tiene su propia verdad, no hay que ser fiel a ninguna verdad en absoluto. Si no hay verdad, ni necesidad de una moral, se puede ser tan inmoral como se quiera.

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Es por esa razón, precisamente, que Amulón y sus sacerdotes no compartieron sus conocimientos sobre Dios con el pueblo lamanita. De haberlo hecho, se habrían sentido censurados, porque todos sus hechos pasados fueron malos, y no querían reconocer ni corregir sus equivocaciones. Como maestros, debemos tener cuidado de tener vidas íntegras para no hallarnos en esta misma posición. Nuestros hechos no deben limitar el alcance de nuestra enseñanza. Nuestra enseñanza y nuestras vidas deben ser congruentes y reforzarse entre sí. Existe un poder en la enseñanza que se imparte cuando nuestras vidas son limpias, y los alumnos reconocen fácilmente ese poder.

Así que en nuestro tiempo se considera que toda enseñanza académica debe ser “laica”, queriendo decir con esto que debe estar exenta de elementos religiosos. Aunque esto está bien desde un cierto enfoque de libertad religiosa, debe servir precisamente para preservar esa libertad y no como pretexto para la represión religiosa, que sería el efecto exactamente opuesto, y que en muchos casos es lo que sucede. Por sobre todo, no tenemos pretexto para hacer lo que hicieron Amulón y sus sacerdotes y privar a nuestros hijos del crecimiento espiritual que les ayudaría a encauzar el uso de sus conocimientos para el bien. Si este conocimiento espiritual no se adquiere en la escuela, debe promoverse con igual énfasis su aplicación en el hogar, donde debemos aprender todo acerca de Dios, de su ley y de su enseñanza a través de los profetas. Entonces podemos garantizar que el conocimiento servirá para el verdadero crecimiento y para la felicidad. ¿No es la felicidad lo que realmente deseamos que puedan tener nuestros hijos?