A continuación, el Salvador nos dio este modelo de pureza personal: “Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben” (Lucas 11:4). “Y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal” (Mateo 6:14). La fortaleza que debemos dar a aquellos a quienes cuidamos viene del Salvador. Tanto ellos como nosotros debemos perdonar para ser perdonados por Él (véase Mateo 6:14). Ellos y nosotros sólo podemos tener esperanza de permanecer limpios gracias a Su protección y al cambio en nuestros corazones que Su Expiación hace posible. Necesitamos ese cambio para tener la compañía constante del Espíritu Santo. Este don podría parecer demasiado elevado y distante tanto a nosotros como a las personas a quienes servimos, mas Samuel, un profeta del Señor, llamó y ungió a un joven de nombre Saúl, y en ese mismo día, Samuel le prometió a Saúl:
“Entonces el Espíritu de Jehová vendrá sobre ti con poder, y profetizarás con ellos, y serás mudado en otro hombre” (1 Samuel 10:6).
La promesa no tardó años, meses ni días en cumplirse. Escuchen el relato del capítulo 10 de 1 Samuel:
“Aconteció luego, que al volver él la espalda para apartarse de Samuel, le mudó Dios su corazón; y todas estas señales acontecieron en aquel día.
“Y cuando llegaron allá al collado, he aquí, la compañía de los profetas que venía a encontrarse con él; y el Espíritu de Dios vino sobre él con gran poder, y profetizó entre ellos” (1 Samuel 10:9-10).

«Velar y fortalecer», Pte. Henry B. Eyring, Conferencia General de abril de 2000,.