Como asegurar una vejez solitaria

Pasaje base

Moises 3:21–24
21 Y yo, Dios el Señor, hice que cayera un sueño profundo sobre Adán, y durmió; y tomé una de sus costillas y cerré la carne en su lugar;

22 y de la costilla que yo, Dios el Señor, había tomado del hombre, hice una mujer y la traje al hombre.

23 Y Adán dijo: Ahora sé que ésta es hueso de mis huesos y carne de mi carne; Varona se llamará, porque del varón fue tomada.

24 Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se allegará a su mujer; y serán una sola carne.

(Perla de Gran Precio | Moises 3:21–24)

Una clase de instituto excepcional

Hace algunos años, cuando todavía era soltero, y joven, y bello, tuve una clase de instituto muy especial. Fuí a ella con una chica llamada Norma, que en ese entonces era mi novia, y puedo asegurar que la lección que aprendimos ese día impactó muchísimo mi vida. No recuerdo mucho del tema de la clase, pero lo que sí recuerdo con mucha frecuencia es la dinámica que se realizó en ella.

Para empezar, nos sentamos todos en círculo, y entre bromas, nos pidieron a Norma y a mí que nos sentáramos juntos. La hermana que daba la clase dijo entonces “Supongamos que Juan Pablo y Norma se acaban de casar”. Ambos nos miramos con los ojos muy abiertos y tragamos saliva. La instructora continuó, sin prestar mucha atención a nuestro desconcierto: “Ellos han construído su hogar, establecido sus normas, y comienzan a ser muy felices. Con el tiempo viene el primer hijo”. Llamaron a uno de los jóvenes y le pidieron que se sentara entre nosotros. “Norma y Juan Pablo le dan la bienvenida a su hogar y le tratan con mucha ternura y cariño. Pero, como suelen ser las cosas, tienen entonces a otro hijo”. Pidieron a otro de los jóvenes que se sentara al lado de su “hermano”, entre nosotros. “La familia va creciendo, y tienen buenas normas. Los chicos se tratan con mucho cariño y los papás vigilan que no haya riñas entre ellos. Son muy buenos padres y literalmente dedican su vida a ellos”.

Norma y yo nos vimos en esa ocasión muy productivos, porque tuvimos unos tres o cuatro hijos más. En cada ocasión pidieron a alguno de los jóvenes o jovencitas que se sentaran en medio de nosotros para darles la bienvenida.

“El tiempo pasa”, continuó la instructora, ” y llega el día en que los hijos hacen su propia vida. Primero, Julio se casa y forma su propio hogar. ‘Dejará el hombre a su padre y a su madre’. Vamos, déjalos, Julio, ahí deja tu silla”. Julio, nuestro primer “hijo”, se levantó y ocupó su nuevo lugar.

“También Marita y Linda encuentran buenos partidos y se casan”. Las chicas se levantaron y dejaron su lugar. Así, cada uno de nuestros hijos se fue “casando” y dejando sus sillas vacías.

Cuando todos hubieron terminado de irse, la instructora hizo una pausa y luego dijo: “Ahora miren la distancia que existe entre ellos”. Y calló nuevamente.

Efectivamente, había entre nosotros una distancia enorme de sillas vacías. A mí me pareció kilométrica. Me hice muchas preguntas entonces. ¿Qué pudo haber causado ese hueco enorme? Como si leyera mi mente, la instructora respondió entonces algunas de las preguntas que me hacía. “Juan Pablo y Norma han cometido un gran error, porque han permitido que sus hijos se interpongan entre ellos; y ahora que están de nuevo solos, si acaso, tendrán que empezar desde el principio”. Para mí, fue un shock ese descubrimiento. Estaba apabullado. ¿Qué habíamos hecho mal? ¿Acaso no nos habíamos dedicado con fervor a nuestros hijos? ¿No era ese el centro mismo de la construcción de una familia?

El error en el diseño de la familia

La instructora nos explicó el error de darlo todo por nuestros hijos. Explicó que la base del fundamento del hogar no son los hijos, sino la pareja y que esta debe permanecer unida contra viento y marea. De hecho, el mejor regalo que se puede dar a nuestros hijos es el hecho de saber que sus padres se aman y que permanecen unidos y ellos aprenden a amar en función de cómo aprenden que se aman sus padres. Si los padres no salen juntos, no se siguen cortejando con frecuencia, no se hablan con “tiernos acentos” y no se comunican entre ellos de manera frecuente y especial, es escasa la probabilidad de tener hijos espiritual y emocionalmente estables y, cuando ellos partan de casa, nos encontraremos incomunicados y encontraremos a nuestra pareja a una enorme distancia, sin saber del todo cómo recuperar lo que nuestro propio descuido ha dejado que se pierda con los años.

Y ahora entonces no, no es egoísmo. Por el contrario, es un seguro de vida para ellos y para nosotros mismos; para garantizar la vida eterna. Primero la pareja. Son los hijos los que deberán acomodarse. La vida familiar tendrá que girar no en torno a ellos, sino en torno de los padres.

Primero es la pareja

La relación de una mamá con sus hijos es profundamente simbiótica. La madre siente lo que siente el hijo, a pesar de la distancia. Casi no hay madre que no testifique, universalmente, de su entera disposición a dar su vida por sus hijos. Y así debe ser. Y a veces, puede tomarse todo a la ligera, y olvidar los convenios más sagrados en el templo, y dejar en segundo lugar a la pareja. Pero, al velar por sus hijos, los padres deben recordar que una relación de verdadero amor con su pareja es el mejor regalo que puede darles, y su principal prioridad, y su mayor herencia, y la forma de enseñarles a sus hijos a amar y de garantizar así su verdadera felicidad, temporal y eterna. Ellos se escogieron primero, ellos dan la bienvenida como invitados a los hijos y les verán partir, y entonces, si supieron cuidarse primero, podrán recoger cada bendición pronunciada ante ellos en el templo, para que pueda cumplirse el sueño que vislumbraron ante los espejos de ese santo lugar: por el tiempo de esta vida y toda la eternidad.

Estoy aplicando esto con mi novia actual. Mi única novia, gloriosa, infinita y eterna. Mis hijos saben lo mucho que tendrán una plática conmigo si faltan el respeto a su madre. Y mi esposa, mi novia, les recuerda que necesitamos espacios para platicar y estar juntos en ocasiones. Encuentro que es más fácil darlo todo por los hijos de esta forma, si uno sabe que el amor por la pareja está creciendo. Es la fuente de donde uno puede extraer todas las fuerzas. Aunque esa fuente proviene de Dios, y cómo bendice uno a Dios por su existencia.

Tengamos el valor de decir: “Primero mi pareja”, o irnos preparando, muy posiblemente, para pasar una vejez solitaria, por no haber aprovechado la oportunidad que tuvimos para amar, a pesar de nuestros mutuos errores, profundamente; como Cristo lo hace cada vez por nosotros.

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