El valor relativo de la arqueología SUD, parte 2 de 3

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Hay expertos en técnica pero no en doctrina

Tanto la Biblia como el Libro de Mormón son volúmenes de escritura sagrada, que por ser muy recurridos ocupan un lugar prominente en el cajón de “Imprescindible”. De hecho, están en la misma entrada del cajón y hay que pasar por ellos para llegar a las otras cosas. Yo creo que son libros maravillosos, llenos de cultura y promoción del conocimiento. Hay en ellos cosas increíbles. Aunque tengo la firme seguridad de que sus autores, que fueron simplemente guiados por el Espíritu de Dios, nunca tuvieron el propósito de ayudarnos a cultivar nuestro intelecto. Dejaron ese trabajo a nuestras escuelas y universidades; su propósito fue, más bien, el de cultivar nuestro espíritu, ayudarnos a venir a Cristo y guiarnos hacia lo mejor de lo que vendrá en la eternidad.

Un ejemplo majestuoso de preparación

Admiro mucho el conocimiento y el tacto de Pablo de Tarso. Me encanta, por ejemplo, su discurso de “el Dios no conocido”, en Hechos 17, que le demuestra como un intelectual humilde, como un hombre de estudio meticuloso y, de hecho, como todo un erudito. Admiro también a Isaías, que demuestra un habilidoso manejo experto del lenguaje hebreo. Estoy apabullado por dicha habilidad, y por todo lo que puedo aprender de ella me encuentro agradecido. Igualmente que por David, y ni qué decir de Juan y su conocimiento metafórico. Con todo, no creo que ninguno de ellos quisiese hacer gala o presunción de su conocimiento, sino que pienso que más bien lo usaron para un propósito mayor, y que no escribieron en base a su conocimiento y experiencia, sino que lo hicieron siguiendo el dictado del Espíritu de Dios.

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Al entender esto, considero sus conocimientos y habilidades útiles sólo en cuanto a que sirven para ese propósito mayor que persiguieron. ¿Cómo es que los conocimientos de Isaías o de Pablo se usaron para ayudarme a venir a Cristo y a adquirir de él la vida eterna? Este es el punto. Si tuvieron un error al expresarse, y seguramente por ahí lo tuvieron, no quiero empeñarme en buscarlo, y si lo encuentro no me apresuro a criticarlo. Les aprecio más por arriesgarse a pesar de sus errores para mi beneficio. Les considero muy valientes por ello. Para mí, los errores de precisión que hay en las Escrituras, en cuanto uno u otro punto de caracter temporal o intelectual, no invalidan su propósito espiritual y principal que es el que nos lleva a obtener la vida eterna.

Abiertos al cambio

Así que permanezco abierto a la posibilidad de esos errores y de ninguna manera me parecen por ello las Escrituras menos importantes ni estoy dispuesto a removerlas de su posición de “imprescindibles”, porque cumplen a la perfección con su propósito, que es espiritual. Son útiles, son edificantes, son divinas. Cuando las leo siento el Espíritu del Señor, y cuando siento ese Espíritu me edifico y me perfecciono.

Creo que algunos están tan atentos a la ortografía que no pueden leer con claridad ningún libro porque en todo lugar encuentran alguna falta y pierden el mensaje principal. Tan inútil como juzgar un libro por su portada es juzgarlo por la falta de un acento sobre una í, que a lo mejor hasta se trata de un defecto de impresión.

La geografía y el Libro de Mormón

Algunos se preocupan porque es tan difícil ubicar geográficamente los lugares mencionados en el Libro de Mormón. Existen varias posibilidades sobre ello, ninguna concluyente.

A lo largo de mi vida como miembro de la Iglesia he visto a varios miembros emocionarse por un hallazgo arqueológico hasta las lágrimas y blandirlo como la prueba real y contundente de que el Libro de Mormón es verdadero. Aunque al principio me emocioné como todos ellos con el tiempo he aprendido a tomar cierta distancia, al comprender que la edificación que se desprende de ello es relativa. Es que al hablar de arqueología no estamos hablando de la doctrina, sino de la técnica y de la ciencia, una ciencia que, por naturaleza, es del hombre y que es evolutiva y perfectible.

La estela de Izapa: arqueología, no doctrina

arqueologíaPor ejemplo, hay muchos miembros que son particularmente “devotos”, podría decirse, hacia la estela de Izapa, la que algunos llaman “la piedra de Lehí”. Hace muchos años un arqueólogo SUD creyó ver en ella a Lehi, rodeado de sus cuatro hijos y en dirección a la figura central del árbol de la vida; una representación del sueño de Lehi. Desde entonces, y en base a nuevos descubrimientos, otros arqueólogos SUD han propuesto otras interpretaciones, incluso poniendo en tela de juicio la primera versión. Esto no es una falta de integridad en la doctrina de la Iglesia, porque se trata de arqueología, no de doctrina, y la arqueología es por naturaleza perfectible. Las teorías del pasado pueden ser rebasadas por nuevas teorías, con base a nuevos descubrimientos. Porque se trata de eso, de teorías, de técnica, de percepción, de interpretación, de opinión. La arqueología es intrínsicamente especulativa. Hacer ciencia es, inevitablemente, especular, en base a los nuevos descubrimientos.

La verdadera prueba del Libro de Mormón

El miembro que reúne esta evidencia con la esperanza de “probar” a sus amigos que la Iglesia es verdadera, o que el Libro de Mormón lo es, sin duda comete un error básico. La doctrina, según lo explicó Jesucristo, se prueba con la obediencia a la doctrina. Las cosas de Dios, según indica la Biblia, sólo se pueden comprender por medio del Espíritu. El intentar “probar” las cosas del Espíritu con evidencia intelectual sólo producirá, en el mejor de los casos, una conversión intelectual, la cual no será suficiente cuando se enfrente a las dificultades y a las pruebas. Porque lo que debe ser puesto a prueba no es el intelecto, sino la fe.

Existe, claro está, un método para probar la fe, parecido al método científico (véase Alma 32). Se trata de experimentar con las cosas y comprobarlas. Pero aún así los resultados son de carácter espiritual y la prueba sólo puede funciona sobre una base individual. Cuando se trata de la fe y de la relación con Dios cada quien, por su propia voluntad, debe hacer su propia prueba. Los datos técnicos probables o aún cuando fueran certeros, no pueden sustituir esta prueba (Eter 12:6).[divider]

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(Esta entrega es la segunda de tres partes. En la primera parte se analizó el valor relativo del conocimiento con base en la técnica del archivero de las cuatro íes. En la próxima y última entrega se explicará por qué cuenta la Biblia con más evidencias geográficas que el Libro de Mormón y cuáles son, en contraste, los puntos más fuertes del Libro de Mormón. Partes de este biblicomentario también se destacarán en otros biblicomentarios).

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