El “monumento” funerario del presidente Thomas S. Monson

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    Un aspecto que me gusta sobremanera de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es su escaso aprecio por los complicados monumentos funerarios que adornan (o ensombrecen) la mayor parte de las tumbas de nuestros cementerios comunes. Los miembros de la Iglesia prefieren las tumbas sencillas, con sólo una lápida para remembranza, y me gusta porque concibo una tumba como un lugar de merecido descanso y no de diferenciación social.

    La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha colocado ya una hermosa lápida en el lugar que servirá para el descanso del cuerpo de nuestro amado profeta y presidente Thomas S. Monson. Este “monumento” que honrará al profeta, fue preparado por Keith MacKay, quien ha hecho delicados trabajos de piedra toda su vida, incluyendo los que adornan muchos de los templos SUD. En la lápida se destaca que el cuerpo del Pte. Monson estará colocado junto con el de su querida esposa, Frances Beverly Monson.

    La lápida funeraria del Pte. Monson

    La lápida funeraria del presidente Thomas S. Monson
    La lápida funeraria del presidente Thomas S. Monson

    En abril de 2007, el presidente Thomas S. Monson se refirió al momento de la muerte con estas palabras:

    “Mis hermanos y hermanas, reímos, lloramos, trabajamos, jugamos, amamos y vivimos; y luego morimos. La muerte es nuestro legado universal y todos debemos cruzar su umbral. La muerte reclama al anciano, al cansado y al agotado; visita al joven en el albor de su esperanza y en la gloria de su futuro. Ni siquiera los niños pequeños quedan fuera de su alcance…

    “A pesar de las lágrimas y las pruebas, de los temores y los pesares, del desconsuelo y de la soledad que produce el perder a un ser querido, tenemos la certeza de que la vida es sempiterna. Nuestro Señor y Salvador es el testigo viviente de que es así.

    “Con todo mi corazón y el fervor de mi alma levanto mi voz en testimonio, como testigo especial, y declaro que Dios vive; Jesús es Su Hijo, el Unigénito del Padre en la carne. Él es nuestro Redentor y nuestro Mediador ante el Padre. Fue Él quien murió en la cruz para expiar nuestros pecados. Él fue las primicias de la resurrección, y gracias a Su muerte todos volveremos a vivir. Cuán dulce es el gozo que dan estas palabras: “¡Yo sé que vive mi Señor!”. Ruego que todo el mundo lo sepa y viva de acuerdo con este conocimiento. Es mi humilde súplica, en el nombre de Jesucristo, el Señor y Salvador. Amén.” – Yo sé que vive mi Señor, Conferencia General de abril de 2007.

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