La resurrección es un requisito para la perfección eterna. Gracias a la expiación de Jesucristo, nuestro cuerpo, corruptible en la vida terrenal, llegara a ser incorruptible. Nuestro ser físico, ahora sujeto a las enfermedades, a la muerte y al deterioro, adquiriría una gloria inmortal (véase Alma 11:45; D. y C. 76:64-70) .
Nuestro cuerpo, cuya vida se la debe a la sangre, y que va envejeciendo paso a paso (véase Levítico 17:11), recibirá el sustento del espíritu, no envejecerá y superara los lazos de la muerte.

Bibliografía

•    Russell M. Nelson, “La inminencia de la perfección”, Liahona. noviembre de 1995