Un hombre al que le importan las cosas espirituales observa la belleza del mundo que le rodea. Al organizar la tierra, el Señor vio que “era buena”, cosa que repitió varias veces. A nuestro Padre Celestial le place cuando nosotros también hacemos una pausa para admirar la belleza de nuestro medio ambiente, lo que haremos de manera natural al volvernos más espiritualmente sensibles. El ser conscientes de la música grandiosa, de la literatura y del arte sublime, es a menudo el producto natural de la madurez espiritual. En una alusión poética a la manifestación visible que tuvo Moisés de la divinidad y de la zarza ardiente, Elizabeth Barrett Browning escribió: “La tierra está repleta de las cosas del cielo, y toda zarza común arde con el conocimiento de Dios; pero sólo el que ve se quita el calzado de sus pies”.
(2000, octubre, Douglas L. Callister, ‘En busca del Espíritu de Dios,’ Liahona, noviembre 2000 ¶ 10)