James E. Talmage
James E. Talmage

La mano del asesino es impulsada por el odio que se anida en su corazón. La ley estipulaba un castigo para el hecho; el evangelio censuraba la mala pasión en su estado incipiente. Para recalcar este principio, el Maestro explicó que el odio no debía expiarse por medio de un sacrificio material, y que si uno llegaba al altar para hacer una ofrenda, y se acordaba de que había enemistad entre él y su hermano, primeramente debía ir a ese hermano y ser reconciliado, aunque para hacerlo fuera necesario interrumpir la ceremonia, detalle particularmente ofensivo según el criterio de los sacerdotes. Las diferencias y contiendas debían ser resueltas sin dilación.